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viernes, 24 de febrero de 2012

Un día especial




Buenos días, contestó Aparicio Montes al saludo conductor, cuando logró por fin abordar el servicio de transporte público, pero con un dejo de extrañeza, esas cortesías hacía los usuarios, era inusual y que no le había pasado desde hacía bastante tiempo, eso fue para Aparicio Montes fue un detalle que no le dio en ese momento la debida importancia.

Había estado en espera solamente diez minutos, pero a él le parecieron una infinitud. Después de una noche fatal por unas horas plagadas de un incesante despertar, que no había logrado conciliar el sueño como dios manda (diría su tía la beata, como le decían todos los sobrinos), en esa reciente noche, se tuvo que cambiar de “pijama” (pantalón corto y camiseta) siete veces, el persistente manantial de sudor de su cuerpo fue tan desapacible, que en tres ocasiones la ropa de cama la tuve que mudar. Y cuando por fin logró apaciguar su sueño, ya el alba se asomaba por la ventana, lo que motivó no hacer caso al despertador, con eso logró perder preciosos minutos e irse a su trabajo sin prisas.

Acostumbraba llegar 45 minutos antes de la entrada, bajarse a unas calles antes para caminar un poco, comprar el periódico y meterse a una de esas tiendas —que inundaban la ciudad—, para beberse un café americano y enterarse de las noticias impresas, lo cual ese día dudaba que lo pudiera hacer, eso le contrario y con su peor cara buscó un lugar donde sentarse y rumiar su mal humor.

Con dificultad se pudo acomodar en un lugar libre, sacó de su mochila Nike, el libro del escritor japonés que en esos días estaba leyendo, después de una contienda con su enojo y la mala noche que había tenido, Aparicio Montes se dispuso a leer a Kenzaburo Oé, después de un breve tiempo se concentró en la lectura, que se olvidó de todo su entorno, a esa hora de la precoz mañana el grueso de los usuarios, se bajaban en el parque industrial, y desde ese punto urbano el transporte ya desahogado, avanzaba con rapidez.

Un ligero pero penetrante tufillo se fue almacenado en su nariz, concentrado como estaba el la lectura, no se percató que ya estaba a punto de bajarse del transporte, pero fue ese olor, y lo que vio al levanta un poco la vista, lo que le hizo entrar en su cotidiana realidad, pasmado se quedó inmóvil, al toparse a unos escasos centímetros de su cara un mega trasero embutido en unas mallas color pistache traslucido, que al momento se imaginó un gran mapamundi completo, la mujer que estaba empinada enfrente de él buscando algo, en el caos de su bolso, lo había ubicado en su chata vida al soltarle un imperceptible pedo, que al aspirar todo lo que la mujer había comido y procesado en su organismo un día anterior, sólo atinó a exclamar un “ufff” de impotencia, por no poder hacer nada, el onomatopeya no fue suficiente para describir la cara que Aparicio Montes mostró y que todos los allí presentes se dieron cuenta y escondieron una risa cómplice.

Guardó con prisa “Dinos cómo sobrevivir a nuestra locura” consultó por instinto solamente la hora en su reloj Sony, para disponerse con determinación salir de ese ambiente viciado, se lamentó el que ya no alcanzaría a tomarse su café, resignado se encaminó con rumbo a su trabajo, al dar vuelta en una esquina la vio nuevamente, era ella, la que le había dejado su sello con aquel aroma nacido de las entrañas de su vientre, —le tengo que ver la cara, se comentó Aparicio Montes, pero no le pudo dar alcance, solamente logró retirarse más de su ruta de todos los días y al percatarse, volvió los pasos y corriendo se orientó a su trabajo a unas cuadras de donde él estaba y se fue pensando en todo lo que le estaba ocurriendo en ese día de media semana, con varios visos desde que se levantó con “el pie izquierdo” en alusión a lo tarde que se despertó y todo lo que estuvo desencadenando. Llegó al reloj chocador de entradas y salidas del trabajo, el cual le indicó un retrazo de 15 minutos, de esa forma iniciaba su jornada de trabajo.


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