Buenos días, contestó Aparicio
Montes al saludo conductor, cuando logró por fin abordar el servicio de
transporte público, pero con un dejo de extrañeza, esas cortesías hacía los
usuarios, era inusual y que no le había pasado desde hacía bastante tiempo, eso
fue para Aparicio Montes fue un detalle que no le dio en ese momento la debida importancia.
Había estado en espera solamente
diez minutos, pero a él le parecieron una infinitud. Después de una noche fatal
por unas horas plagadas de un incesante despertar, que no había logrado conciliar
el sueño como dios manda (diría su tía la beata, como le decían todos los
sobrinos), en esa reciente noche, se tuvo que cambiar de “pijama” (pantalón
corto y camiseta) siete veces, el persistente manantial de sudor de su cuerpo
fue tan desapacible, que en tres ocasiones la ropa de cama la tuve que mudar. Y
cuando por fin logró apaciguar su sueño, ya el alba se asomaba por la ventana, lo
que motivó no hacer caso al despertador, con eso logró perder preciosos minutos
e irse a su trabajo sin prisas.
Acostumbraba llegar 45 minutos
antes de la entrada, bajarse a unas calles antes para caminar un poco, comprar
el periódico y meterse a una de esas tiendas —que inundaban la ciudad—, para
beberse un café americano y enterarse de las noticias impresas, lo cual ese día
dudaba que lo pudiera hacer, eso le contrario y con su peor cara buscó un lugar
donde sentarse y rumiar su mal humor.
Con dificultad se pudo acomodar
en un lugar libre, sacó de su mochila Nike, el libro del escritor japonés que
en esos días estaba leyendo, después de una contienda con su enojo y la mala
noche que había tenido, Aparicio Montes se dispuso a leer a Kenzaburo Oé, después de un breve
tiempo se concentró en la lectura, que se olvidó de todo su entorno, a esa hora
de la precoz mañana el grueso de los usuarios, se bajaban en el parque
industrial, y desde ese punto urbano el transporte ya desahogado, avanzaba con
rapidez.
Un ligero pero penetrante tufillo
se fue almacenado en su nariz, concentrado como estaba el la lectura, no se percató
que ya estaba a punto de bajarse del transporte, pero fue ese olor, y lo que
vio al levanta un poco la vista, lo que le hizo entrar en su cotidiana realidad,
pasmado se quedó inmóvil, al toparse a unos escasos centímetros de su cara un
mega trasero embutido en unas mallas color pistache traslucido, que al momento
se imaginó un gran mapamundi completo, la mujer que estaba empinada enfrente de
él buscando algo, en el caos de su bolso, lo había ubicado en su chata vida al
soltarle un imperceptible pedo, que al aspirar todo lo que la mujer había
comido y procesado en su organismo un día anterior, sólo atinó a exclamar un
“ufff” de impotencia, por no poder hacer nada, el onomatopeya no fue suficiente
para describir la cara que Aparicio Montes mostró y que todos los allí
presentes se dieron cuenta y escondieron una risa cómplice.
Guardó con prisa “Dinos cómo sobrevivir a nuestra locura”
consultó por instinto solamente la hora en su reloj Sony, para disponerse con
determinación salir de ese ambiente viciado, se lamentó el que ya no alcanzaría
a tomarse su café, resignado se encaminó con rumbo a su trabajo, al dar vuelta
en una esquina la vio nuevamente, era ella, la que le había dejado su sello con
aquel aroma nacido de las entrañas de su vientre, —le tengo que ver la cara, se
comentó Aparicio Montes, pero no le pudo dar alcance, solamente logró retirarse
más de su ruta de todos los días y al percatarse, volvió los pasos y corriendo se
orientó a su trabajo a unas cuadras de donde él estaba y se fue pensando en
todo lo que le estaba ocurriendo en ese día de media semana, con varios visos
desde que se levantó con “el pie izquierdo” en alusión a lo tarde que se
despertó y todo lo que estuvo desencadenando. Llegó al reloj chocador de
entradas y salidas del trabajo, el cual le indicó un retrazo de 15 minutos, de
esa forma iniciaba su jornada de trabajo.






